El 31 de diciembre es mi último día de trabajo en la empresa en la que llevo trabajando cinco años. Es mi último día de trabajo y el último día de la empresa, que cierra después de 12 años. Como consecuencia, llevo semanas buscando trabajo. No me gusta nada tener que buscar trabajo1 porque supone estar en un constante estado de vulnerabilidad nada agradable en el que desconocidos te dicen que no vales para lo que tú has decidido hacer con tu vida. Para alguien con la poca autoestima que yo tengo se puede hacer bastante cuesta arriba.

También soy muy de encariñarme con todo. Y aunque ya tengo la edad y experiencia suficiente como para saber que no voy a heredar ninguna empresa y que como trabajadora soy totalmente prescindible, me da pena ver el final. He conocido a gente maravillosa durante estos años, he empezado a trabajar (¡por fin!) en algo que me encanta, he aprendido muchísimo y —aunque no parezca tener mucha relación en principio— en esta empresa he sido madre. Voy a echar de menos muchas cosas.

Este es el estado mental en el que llevo las últimas semanas. Si le juntamos las fiestas de Navidad en el cole, las fiestas de Navidad con la familia, el calendario de adviento, las decoraciones navideñas, las vacaciones de los peques que no las mías… se me queda un estado mental un tanto acongojado.

A pesar de tener el cerebro a otras cosas, me ha apetecido escribir algo, a modo de cierre de año, para dejar constancia. Cierro una etapa, pero tocará empezar otras. Termina el 2024 y empieza irremediablemente el 2025. No estoy tan intensa como suelo estar otros finales de año, pero aún así le sigo dando vueltas a todo con lo que me encuentro:

La RAE ha actualizado el diccionario en línea, que utilizo a diario. Me gusta la actualización, aunque también me gustaría que la RAE como institución se actualizase. La palabra de hoy (escribo esto el 28 de diciembre) es “almez”: Árbol de la familia de las ulmáceas, de unos doce a catorce metros de altura, tronco derecho de corteza lisa y parda, copa ancha, hojas lanceoladas y dentadas de color verde oscuro, flores solitarias, y cuyo fruto es la almeza.

He empezado a leer el libro How Romantics and Victorians Organized Information: Commonplace Books, Scrapbooks, and Albums, de Jillian M. Hess. No soy yo muy de leer literatura académica, pero si siempre supone una lectura tan agradable, voy a leer más. Cómo de maravilloso es que haya alguien que se dedique a estudiar algo tan específico como estos cuadernos de notas en los que se apuntaban citas, poemas o reflexiones durante el romanticismo y la época victoriana. Llegué hasta este libro porque leo la newsletter de la autora: , donde habla de las notas que toman/tomaron personajes famosos. Yo me paso el día apuntando todo en el móvil, en mensajes que me mando a mí misma, en varios cuadernos y agendas que tengo repartidos por casa y por diferentes bolsas, así que es algo que me resulta especialmente interesante.

Por fin vi Shōgun (Disney+), tras la insistencia obcecada de mi marido —al César lo que es del César—. Me ha encantado. Japón y su cultura me fascina y con esta serie te empapas de la cultura japonesa del siglo XVII—yo no lo viví en persona, pero me fio de los expertos que han comentado lo bien ambientada que está. La historia y los personajes son muy interesantes, pero lo que más me ha gustado es la importancia que se le da a los objetos y los rituales cotidianos. Si quitan las tramas de la serie y me dejan solo los movimientos de manos y de la ropa, los primeros planos de tazas de té, espejos o escobas barriendo el suelo, me habría encantado igualmente.

Más reflexiones, recomendaciones y desvaríos en 2025.

Nos leemos.- María

El genocidio del pueblo palestino continúa. Casi 200 periodistas palestinos han sido asesinados, cinco hace unos días. Cuando no quede nadie para contar qué está pasando, ¿pensaremos que no está pasando? 45 000 personas han sido asesinadas.

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