Tendría veintipocos años y una tarde de verano mi abuela me preguntó si me encontraba bien, que si estaba enferma. La pregunta me sorprendió y le contesté que no, que todo estaba bien, solo estaba un poco cansada. Estaba trabajando dando citas en un hospital y haciendo algunos turnos de noche en la recepción de urgencias para ahorrar dinero para mi futuro Erasmus; a la vez estaba saliendo de fiesta como sale una veinteañera (soltera) en verano. Estaba en un estado de cansancio y resaca permanente, pero nada más. “No sé hija, te veo así como muy delgada”, me dijo. ¡Ajá, ahí estaba la clave! Tranquilicé a mi abuela quitándole importancia pero por dentro sonreí. Estaba “así como muy delgada”.
Para mi abuela estar delgada significaba que algo no iba bien; para mí era un triunfo. Además de un ritmo de vida acelerado, estaba comiendo poco: una ensalada de tomate por las noches, una rodaja de salmón al horno a medio día... y mucha Coca-Cola Light entre medias para mantener el hambre a raya. Y por fin tenía una confirmación de que estaba funcionando. En ese momento no se me pasó por la cabeza que fuese para nada problemático.
No creo que haya tenido una relación sana con la comida y mi cuerpo durante mi vida adulta. Recalco el “durante mi vida adulta” porque hasta los veinte años o así nunca me había preocupado por lo que pesaba. En mi casa el deporte se hacía por diversión y no recuerdo haber escuchado nunca ningún comentario sobre el cuerpo de nadie ni oir hablar de dietas. No sé qué cambió alrededor de mis veinte años, pero imagino que en algún momento la gordofobia y cultura de dieta que imperan en nuestra sociedad tenía que meterse en mi cabeza. No he llegado a tener ningún problema grave, pero no sé cómo me habría afectado de haber nacido y crecido en otras circunstancias y con otro cuerpo.
Digo que no he llegado a tener ningún problema grave, pero sí que he pasado épocas en las que me he alimentado a base de ensaladas ridículas y filetes de pollo a la plancha; épocas en las que me miraba obsesivamente el cuerpo en el espejo y me frustraba si no veía un hueco entre mis muslos al juntar las piernas; épocas en las me saltaba cenas si sabía que luego iba a salir de fiesta y tomar alcohol; épocas en las que dejé de hacer deporte por diversión y empecé a hacerlo “para compensar” lo que comía…
Por suerte llegando a la treintena la cosa mejoró. Dejé de mirar las calorías de las comidas y de pensar en mi cuerpo como algo que debiese pesar X kilos para ser válido. Ahora mismo, dos años después de un embarazo-posparto-lactancia-crianza siento que mi cuerpo vuelve a ser más mío; diferente pero mío. Ha dejado de ser extraño después de un tiempo raro. No todo en mi cuerpo me gusta (ni creo que todo tenga que “gustarme” tan solo por ser mi cuerpo) pero estoy a gusto. Este cambio ha sido fruto de un esfuerzo consciente y de darle mil vueltas a cómo nuestra sociedad ve y entiende los cuerpos de las personas, y a cómo vivimos en una cultura de dieta que valora muy negativamente los cuerpos gordos.

Sobre todo esto también reflexionan en el podcast One Click. El podcast se centra en las muertes causadas por DNP, una sustancia tóxica que empezó utilizándose en explosivos (sí, explosivos) y se terminó utilizando como medicamento para perder peso. Su venta está prohibida para consumo humano en EEUU desde 1938, pero eso no quita que haya personas desesperadas por encajar en unos estándares que la sociedad impone que quieran comprarla ni personas desalmadas que la vendan de forma ilegal.
En un capítulo del podcast estaban explicando cómo “funciona” el DNP: cómo hace que la temperatura de tu cuerpo aumente hasta que te mata y cómo en el proceso, efectivamente, pierdes peso básicamente porque te estás consumiendo desde dentro. Y entonces me descubrí pensando: “vale, pero igual si tomas solo una pastilla puedes perder bastante peso de golpe y ya empezar a mantener desde ahí. Y solo con una no te mueres. No es tan mal plan”. ¿Holaquétal? Llevaba varios días escuchando el podcast y cómo esa sustancia mataba y aún así mi cerebro pensó que igual merecía la pena probar solo un poquito si así desaparecía grasa de mi cuerpo. Fue un pensamiento que duró un par de segundos, nada más. Estoy en lo que yo pensaba era un momento bueno en cuanto a mi relación con la comida y con mi físico, pero aún así no puedo huir de esos pensamientos intrusivos. Y me jode.
A día de hoy me cuido mucho de no comentar el físico de nadie y desvío como puedo comentarios sobre el mío, aunque reconozco que si me dicen que he adelgazado no me molesta tanto como si me dicen que he engordado. Y me jode. Porque significa que no lo tengo tan superado como creía. Porque entiendo que los cuerpos son de mil formas y tamaños diferentes y que un mismo cuerpo cambia de forma y peso durante la vida y no pasa absolutamente nada. Pero si el mío se adapta a lo que la sociedad espera de un cuerpo, mi subconsciente me sigue diciendo que mejor. ¿He dicho ya que me jode?
Si yo sigo teniendo pensamientos preocupantes respecto a mi físico —con una infancia y adolescencia sin nadie metiéndose con mi cuerpo, con un cuerpo que entra en los estándares que la sociedad considera “normales” y con gente a mi alrededor que me quiere sin que mi físico influya en ese amor—, ¿cómo no los va a tener alguien a quien diariamente se le dice que su cuerpo no es “válido”? ¿Cómo no va a haber personas que prefieran jugarse la vida a cambio de tener un cuerpo que la sociedad les dice que es “normal”?
Instagram y TikTok pueden ser una mierda y un sitio altamente tóxico pero también tiene cosas buenas, entre ellas darte acceso a gente que merece la pena. Un par de cuentas con las que he aprendido un montón sobre este tema y me han ayudado a darme cuenta de cómo afecta la gordofobia y la cultura de dieta son: croquetamente__ y nutritionisthenewblack. Los dejo por aquí por si a ti también te joden estos pensamientos intrusivos y los estándares inalcanzables que la sociedad nos impone.
Estos días (extraños), cuando no estoy leyendo o escuchando podcasts, escucho a Harry.
Nos leemos.- María
