En mi familia el día de los Reyes Magos cierra la Navidad por todo lo alto (y cargada de libros). Ahora me toca disfrutarlo como madre y entiendo que mis padres lo disfrutasen tanto. Creo que incluso en mi época de adolescente-emo daba un respiro a mi personalidad impostada y dejaba que mi niña interior lo pasase en grande. Para mí esta noche es algo ligado a la infancia y a esa magia que por mucho que nos resistamos se va perdiendo con el paso del tiempo. Algo que los adultos disfrutamos de pasada si tenemos suerte —y unos padres que se empeñan en mantener cierta ilusión a toda costa—.

Este relato lo escribí hace años y gira alrededor de todo esto. Hoy lo comparto. Si la vergüenza no me puede, este año quiero compartir algunos de esos relatos que hasta ahora solo escribía para mí.

Un ruido en la Noche de Reyes

Julia se despertó sobresaltada. No sabía muy bien por qué, igual había tenido una pesadilla que no conseguía recordar... Hasta que de repente un sonido llamó su atención. Fue solo un pequeño golpe, como una caja de cartón contra el suelo, pero venía del salón, y aquella noche no era una noche normal, cualquier sonido tenía más importancia que otros días.

Se había acostado aquel cinco de enero con muchísimos nervios. Había cenado poco y muy rápido para pasar al postre lo antes posible; le encantaba el roscón. Después había dejado vasos de leche, unas galletas y agua para los camellos. La verdad es que este año lo había preparado con menos ilusión. Su amiga Laura le había dicho antes de irse de vacaciones que eran muy mayores para seguir creyendo en los Reyes Magos, ya tenían nueve años y eso era cosa de bebés. Pero a pesar de esto, había sido incapaz de no sentir un cosquilleo de emoción al preparar con David y Juan todo, enseñándoles cómo hacerlo, y al haber quedado en ir los tres juntos al salón al día siguiente antes de que papá y mamá se despertasen y ver todos los regalos.

Por eso, cuando escuchó ese pequeño golpe en mitad de la noche se sintió desconcertada y asustada a partes iguales. Se agarró al borde de la manta y cerró los ojos con fuerza. No se atrevía a abrirlos de nuevo, así que centró toda su atención en el silencio que volvía a reinar. De pronto escuchó unos pasos en el salón. Los había escuchado claramente, y ahora unos susurros. ¡Y más pasos! “No es posible, no es posible” se repetía.

La curiosidad hizo que el miedo se evaporase y diese pasó a una resolución total. Echó la manta a un lado, se levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta de la habitación. La había dejado cerrada al acostarse y ahora la intentaba abrir sin hacer ningún ruido. Poco a poco la fue entornando, lo justo para conseguir un hueco por el que escabullirse hasta el pasillo. Una vez salió de la habitación necesitó un par de segundos para hacerse a la oscuridad. Volvió a escuchar susurros y retomó su camino.

Notaba el suelo frío en los pies descalzos mientras avanzaba lentamente, manteniendo la respiración y centrada en los ruidos que llegaban desde el salón. De pronto escuchó un sonido mucho más alto, un crujido, y se detuvo; el ruido lo había hecho ella al pisar; sentía el corazón en la garganta, palpitando muy rápido, y lo escuchaba bombeando sangre en sus oídos. Hizo un esfuerzo y se centró en los sonidos de la casa. Escuchó con atención; los susurros habían cesado. Ya no se oía nada. Respiró un par de veces controlando su respiración, haciéndola lo más silenciosa que era capaz, y comenzó a moverse de nuevo, más lentamente que antes, con cuidado de no pisar donde no debía. Después de cinco pasos eternos se plantó delante de la puerta del salón. A través del cristal opaco de la puerta advertía cierta claridad que entraba por la terraza. Todo seguía en silencio.

Tomó aire y movió su mano con cautela hasta que agarró el pomo. Escuchó de nuevo; más silencio. Con toda su atención puesta en el pomo empezó a girarlo hacia su izquierda, muy poco a poco, milímetro a milímetro. La mano le sudaba a pesar del frío que sentía y apretó un poco más para evitar que se le resbalase. Otro milímetro, otro más. Entonces, la sombra de una figura gigantesca apareció al otro lado del cristal. Había estado tan pendiente de no hacer ruido que no la había notado antes. Súbitamente el pomo frenó, una fuerza externa impedía a Julia seguir empujando; a continuación giró rápidamente hacia su derecha, escapándose de su mano.

Sintió como se quedaba sin aire, fijó su mirada por un momento en la sombra indefinida al otro lado de la puerta y corrió de vuelta hacia su habitación. Se metió corriendo en la cama, escondiéndose bajo de la manta. Prestó atención desde la oscuridad de su refugio, aguantando la respiración. No se escuchaba nada. 

Finalmente se le escapó una risa nerviosa, que controló llevándose la mano a la boca. “Ya verás cuando se lo cuente a Laura” pensó antes de volver a quedarse dormida.

Nos leemos.- María

No voy a dejar de recordar que el genocidio en Palestina continúa. No puedo. No puedo ni quiero ignorar que Palestina sigue estando ocupada (desde hace décadas) y que el ejército israelí ha cometido crímenes de guerra y asesinado a más de 20.000 palestinos desde el 7 de octubre. Ni lo ignoro ni dejo de recordarlo.

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