¿Por qué escribir? Porque no puedo no hacerlo, básicamente. Se me haría raro no tener esta newsletter, un blog, algo, donde sacar todo lo que tengo dentro.
Escribir también me permite refugiarme en la nostalgia, en realidades paralelas; similar a cuando leo, pero escribiendo siento cosquillas en mi cerebro. Noto las neuronas chisporroteando en lugares que de otra manera están adormiladas. No sé si tiene sentido científicamente hablando, pero para mí tiene todo el sentido del mundo. A veces me gusta tanto que me cuesta volver al presente. Estar presente, vivir el momento, me cuesta así en general. Y algo que me ayuda es saber que tengo momentos en los que no tengo por qué estarlo, en los que puedo fantasear sin preocupaciones.
Me tatué “be present” cuando vivía en San Francisco y un poco me quedé allí. En aquel momento de mi vida. A veces me entristece mirar a ese momento en el tiempo y sentir esa felicidad y no poder sentirla siempre ahora. Es probable que dentro de unos años lea mis entradas del diario de estos días y sienta nostalgia. Así es la vida de los seres nostálgicos, perseguimos un momento que ya pasó sin darnos cuenta de que otros están pasando. Por eso mis esfuerzos por vivir el presente, porque quiero ser feliz “cuando toca”, no en diferido.
¿Es por eso también que me gusta tanto escribir diarios? Es posible. Me gusta ser feliz mientras los escribo y de paso puedo releerlos pasado el tiempo y volver a sentir esa felicidad en el pecho. Y si es algo triste puedo reírme de lo dramática que fui. Win-win.
El año pasado estuvimos en Asturias veraneando y fui muy feliz; en el presente, porque a veces tengo esa suerte. Y estaba releyendo lo que escribí y vuelvo a serlo. Volvemos este año y estoy haciendo un esfuerzo grande por no pensar únicamente en el verano y en las playas y las montañas de Asturias. ¿Me pesa Madrid porque soy una nostálgica empedernida o porque hace demasiado calor, huele mal y tenemos unos gobernantes en esta comunidad que solo piensan en hacerla inhabitable? Dudas existenciales.
Os dejo aquí lo que escribí esos días de verano de 2025. Porque por qué no.

4 de agosto
Ayer de camino, ya acercándonos a nuestro destino, se abrió un hueco entre los árboles y las montañas para mostrar una playa. Lo tuve claro. Era la playa de Cuevas, donde hace seis años—que parecen uno— estuvimos de vacaciones F. y yo. Recuerdo esos atardeceres paseando por la orilla, mojando mis pies en el agua gélida de septiembre. Pidiéndole al mar, al océano, a esa naturaleza de la que me siento tan parte que me dejase tener ese bebé tan deseado.
Seis años después volvía por el mismo lugar, con la cabeza y los oídos abrasados de los gritos y quejas de ese bebé tan deseado que ahora es la niña de cinco años más maravillosa del mundo.
5 de agosto
Fuimos a la playa de Porcia. No se nos ocurrió mirar las mareas, algo que siempre se debe hacer por aquí, y efectivamente decidimos meternos en una de las calas que desaparece con la pleamar. La vuelta fue una pequeña aventura en la que D. casi pierde la zapatilla y yo acabé con el culo empapado y con un corte de roca en el dedo pulgar del pie. Sobrevivimos. Mientras rescataba la zapatilla vinieron a mi mente flashbacks de otro rescate de zapatilla en una playa del norte mientras subía la marea, pero hace más de 30 años, cuando yo era la niña que la estaba perdiendo. Supongo que aquella vez también conseguí recuperarla, porque si la hubiese perdido tendría ese drama grabado a fuego en mi memoria.
Después comimos en el único restaurante que tiene algunas opciones veganas en 100 kilómetros a la redonda. En la hora de la siesta, enseñé a D. a jugar al cinquillo.
Por la tarde íbamos a ir a hacer la ruta de las Cascadas de Oneta, que tiene pinta de ser preciosa pero al parecer hay un incendio en los alrededores. Decidimos cancelar y fuimos a un mirador en un acantilado que tenemos al lado. Cogimos aire puro y moras. A. quería más moras.
6 de agosto
Por la mañana amaneció cubierto y pensamos que no sería buena mañana de playa. Error.
Igualmente decidimos visitar Tapia y quedamos enamorados. Por una alineación de los astros D. y A. colaboraron y anduvieron todo el paseo por el pueblo y una visita al faro. Luego les recompensamos con un helado y un poco de parque.
En la siesta de A. intenté leer mientras D. pintaba. Al final leí un párrafo y luego tuve que jugar con ella de nuevo al cinquillo y a la oca.
Por la tarde fuimos a la playa y aunque había bandera amarilla nos dio para que me bajase con D. y A. a mojarnos los pies y jugar con las olas. El agua gélida hacía que me doliesen las piernas pero a la vez quería zambullirme. Si no tuviese que estar atenta a dos peques a la vez lo habría hecho.
Vuelta a casa a cenar, jugar y leer antes de dormir.


7 de agosto
Por fin puedo darme un baño en condiciones. La playita a la que vamos tiene pradera al lado y no entiendo otro plan que no sea pasar aquí el resto del día. Mi familia no opina lo mismo.
8 de agosto
Bandera verde y espacio en la playa que tenemos cerca de casa. Nado en el agua fría mientras los peques juegan en la orilla con F. vigilándoles. Consigo que D. se meta un ratito a nadar conmigo pero no dura mucho. Me habría quedado todo el día. Pasamos la tarde jugando en el pradito que tenemos al lado de la casa. Tengo oportunidad de darme una ducha con pelo y sin prisas.
Día perfecto.
9 de agosto
Playa de San Pedro con M. y V. De esas playas que las mareas encogen y alargan a lo largo del día y en las que puedes dar paseos eternos buscando cangrejitos y piedras y chapotear en minipiscinas que deja la marea al bajar. El sueño de los más peques y de los adultos también si les gusta pasear y hablar mirando y oliendo el mar. Nos gusta.
Llevábamos años sin vernos a pesar de nuestros mensajes-podcasts habituales y aún así era como vernos después de unas semanas separados. Nos reimos sin parar.
No quiero irme ni quiero que ellos se vayan.
10 de agosto
Hoy toca visita a Ribadeo porque soy la única de la familia que quiere playa. Mis hijos quieren parque como si no tuviésemos parques en Madrid. De camino al parque vemos un acto propalestina que se organiza semanalmente. Nos quedamos un rato pero los peques están impacientes. Pienso en una madre palestina y su sufrimiento mientras miro a mis hijos correr y reír y lloro en mitad del parque, pero por lo menos tengo gafas de sol para disimular. No es habitual llorar en público pero se me hace raro que no estemos todos llorando por la calle.
Damos un paseo, comemos una pizza y un helado y vuelta a casa. Por la tarde empezamos a recoger mientras los peques juegan en el pradito. Tenemos tiempo para jugar todos juntos y para que F. y yo nos piquemos jugando a las palas. Nos vemos obligados a terminar por una minitormenta de verano. Terminamos de recoger y lo dejamos todo listo para mañana. Salimos a primera hora.

Como para no estar nostálgica.
De fondo escucho el nuevo disco de Kacey Musgraves.
Nos leemos.
- María
No me olvido de Palestina. Con el cambio de plataforma se me perdió este último párrafo en la última newsletter. Ojalá lo hubiese quitado porque todo va a mejor; porque Israel no continuase su genocidio y empezase ahora con los países vecinos; porque ya no asesinase a periodistas para que no quede quien lo cuente. Ojalá no necesitar estos recordatorios porque vamos a mejor.
