Hasta los veintinueve años no entendí esa necesidad de la gente de vivir cerca de masas de agua salada. Y no hablo de peregrinar cada verano a lugares de playa para escapar de una ciudad de interior. Me refiero a esa gente (o la típica protagonista de libro/película) que lo deja todo y se va a vivir a un pueblo de la costa a ser feliz. De aquellos que escriben poesías y novelas dedicadas al océano, a las olas, a la playa, la arena y las gaviotas. De los que viven en una nostalgia continua y reflejos azules en la mirada perdida. Hasta los veintinueve años no lo entendí.

Creo que me aferraba demasiado a ser madrileña y asociaba el mar únicamente con cantidades ingentes de madrileños como yo llenando las playas del Mediterráneo, con calor, con arena, con sol en los ojos que no me dejaba leer. No disfrutar del mar era parte de mi identidad; un poquito pereza de identidad también te digo.

Y entonces, a los veintinueve años llegó San Francisco a mi vida. Llegué yo a la ciudad, pero me entiendes. San Francisco me desbarató y cambió en muchos aspectos. Me desmoronó y me dio libertad para reconstruirme a mi manera. Y entre muchas otras cosas descubrí que no me gusta vivir en grandes ciudades y que me gusta vivir al lado del mar.

Vivir cuatro años a diez minutos del océano puede tener parte de culpa. Olerlo y sentir su presencia majestuosa y sencilla a la vez, sentir miedo a sumergirme en sus aguas temperamentales pero relajación absoluta al contemplarlo desde la playa desierta hizo imposible no enamorarme con esa fuerza con la que me enamoro yo de los lugares. Nunca me cuesta respirar hondo mirando al mar. Mi identidad de madrileña que no podía vivir en otro lugar que no fuese Madrid terminaba de desmontarse.

reflexionaba en su newsletter sobre cómo nuestros gustos no son siempre tan nuestros como parece, y me llevó a darme cuenta de lo maravilloso y vertiginoso que es descubrir y entregarte a tus gustos reales. Hoy puedo decir sin miedo a equivocarme que AMO el mar.

A todo esto le daba vueltas el otro día dando un paseo por la playa de Xeraco, aprovechando la siesta de mis peques y ese rato sin tener que estar pendiente de nadie ni llevando a nadie en brazos. Eran las dos de la tarde de finales de junio así que la playa estaba casi desierta. No podía pedir más.

Este verano no tengo más vacaciones, pero el mar siempre me acompaña. Soñaré con playas vacías en las que la temperatura permite estar a gusto con una sudadera y en las que pueda mirar al mar y su inmensidad desde la orilla. Y aunque desde que soy madre vivir en el presente me resulta más sencillo, ni confirmo ni desmiento que esté pensando ya en las siguientes vacaciones y en un destino en el que pueda disfrutar del mar y de mis peques correteando por la orilla de una playa.

Espero que disfrutes de lo que queda de verano, de la playa, la montaña y las pequeñas escapadas. Yo entro en mi burbuja protectora hasta la semana que viene y espero poder salir de ella viviendo todavía en un país del s.XXI y no en una España que haya retrocedido sesenta años. Vota bonito.

Nos leemos.- María.

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