Recojo el lavavajillas; bombardean un hospital materno-infantil en Ucrania.
Termino de editar un artículo; 1.133 mujeres han sido asesinadas en España por sus parejas o exparejas y hay personas que insisten en que la violencia machista no existe.
Pongo una lavadora; la extrema derecha entra en otro gobierno regional en España.
Abro Instagram para ver fotos y despejarme; veo la foto de un niño de la edad de mi hija muriendo después de un bombardeo.
Me hago un ovillo en la cama y lloro desesperanzada; vivimos en Don’t Look Up y no queremos ver el meteorito en forma de lluvias torrenciales o primavera en enero.
Hago la compra; militares amenazan a niños y niñas en Palestina.
Preparo porridge mientras amanece y me paro a escuchar a los pájaros empezando el día; hay un barrio entero a 40 kms de mi casa sin luz desde hace más de un año.
Llevo a mi hija a la escuela; desahucian a otra familia.
Acaricio a mi gata mientras desayuno en silencio; voy a la manifestación del 8M aunque solo pueda un rato; juego con mi hija y me esfuerzo en transmitirle que estoy aquí para cuidarla y quererla; la educo huyendo de estereotipos; hablo con amigas en mensajes de voz eternos a deshoras; lloro en mitad de reuniones; tardo una hora en leer una frase de un libro mientras mi mente no deja de dar vueltas a qué más puedo hacer; hace tres grados bajo cero en la frontera de Polonia y Ucrania.
Siento la respiración de mi hija a mi lado en la cama, en el silencio y la oscuridad. Es una respiración tranquila. Me aprieto contra ella y le doy un beso en su mejilla regordeta aun a riesgo de despertarla. Necesito sentirla más cerca. Me digo que es para que sienta que estoy aquí para ella, pero en realidad es por mí, para recuperar un poco de esa esperanza en la posibilidad de un mundo mejor que me hizo buscarla durante cinco años. Para recuperar parte de esa certeza de que este mundo merece la pena, que vivir es bello y fascinante y emocionante. Para ver más allá del terror y el desasosiego que me atenaza. Parece que sea mucho pedir a una respiración pausada en mitad de la noche, pero a ratos lo consigue.
Cojo un poco de aire y me recuerdo que algo que puedo hacer es seguir viviendo fiel a mis valores. Ayudar todo lo que me permiten mis circunstancias y mi privilegio. Esforzarme por tener presente que este mundo que duele también es bello. Que hay personas capaces de lo peor, pero también las hay capaces de lo mejor. No puedo ignorar la realidad, pero tampoco puedo dejar que me inmovilice y me deje derrotada en el sofá. No puedo ni quiero ignorarla; no puedo ni quiero dejar que me bloquee.
Me sacudo la nube de negatividad que me nubla la vista y salgo a pasear entre árboles, entre montañas y riachuelos que han debido ver momentos mejores y peores también. Me desperezo y paseo por calles que sigo sintiendo extrañas pero ya menos. Me tomo un café compartido con esa amiga que no veo tanto cómo debería. Hago planes para el verano y me imagino en conciertos en tirantes al aire libre. Me esfuerzo por vivir y disfrutar, por imaginar un futuro que merece la pena. Escucho música alegre y leo libros que me hacen reír. Busco concienzudamente ese rayito de luz al final del túnel. Quizá más por ti que por mí, Daniela. Eso que me llevo.

Por si tienes la posibilidad y te preguntas cómo puedes ayudar un poquito, una donación a Médicos sin Fronteras es una opción. También puedes preguntar en tu ayuntamiento si están haciendo recogida de ropa, comida o medicamentos para mandarlos directamente a Ucrania.
Una guerra o una invasión no termina cuando deja de aparecer en las noticias. Aquí puedes colaborar con The White Helmets en Siria, Save The Children en Afganistán y la Media Luna Roja en Palestina.
Algo ligero
Decía el otro día Nacho Vigalondo en el podcast de Elizabeth Duval, que un libro empezado es un refugio al que volver. Mi refugio estos últimos días ha sido leer The Quiche of Death antes de dormir (en castellano lo publica Salamandra con el título Agatha Raisin y la quiche letal). Un libro ligero y divertido sobre una mujer inglesa que deja Londres para disfrutar de su jubilación anticipada en un pueblito y termina investigando un asesinato. No querría tener por vecina a Agatha Raisin, pero me lo he pasado muy bien leyendo sus aventuras y desventuras por la campiña inglesa.
No estoy viendo muchas series últimamente porque estoy con ansias de leer mucho y el tiempo es limitado. La única a la que vuelvo cuando tengo un rato es The Gilded Age en HBO. La época victoriana me llama mucho la atención (ya sea en Gran Bretaña o en Estados Unidos) y la serie es del creador de Downton Abbey, así que no tuve que pensarme mucho si verla. Tiene un reparto genial y la ambientación y el vestuario me encantan.
Espero que tú también tengas ratos de refugio en libros, series, películas, música, paseos… que te ayuden a navegar estos días extraños. Cuídate mucho.
Nos leemos.- María
