Hoy vengo a hablar de coincidencias. Y de cómo esas coincidencias, cuando se dan en el momento adecuado, se pueden llegar a considerar señales del universo. Carl Jung utilizaba el término “sincronicidad” para describir esta simultaneidad de sucesos vinculados por el sentido pero que no son causa uno del otro, pero a mí “señales del universo” como concepto me gusta más, por mucho que la idea de “el universo” dándonos toquecitos en el hombro no tenga sentido en absoluto. Porque yo solo soy yo con mis contradicciones.

Me voy a centrar en una señal del universo o sincronicidad que se dio hace ahora ya casi tres años, cuando  necesitaba una confirmación de que la decisión de volver a España y dejar la ciudad en la que vivía y que tanto me había dado (mi querida San Francisco) era una buena decisión. Yo me resistía a volver y perder un ambiente que había sido tan liberador para mí, y el mismo día en el que firmé el contrato que nos había hecho terminar de decidirnos por dar este paso llegué a este poema de T.S. Eliot:

“We shall not cease from exploration

And the end of all our exploring

Will be to arrive where we started

And know the place for the first time”1

Supongo que para cada persona podrá tener un significado distinto, que al final esa es un poco la magia de la poesía, pero en junio de 2018 yo lo sentí como una señal inequívoca. Obviamente dudo que se haya acabado para mí toda exploración, de hecho dudo que acabe nunca, pero desde luego me encontraba en un momento personal en el que por fin me había encontrado a mí misma, o al menos a mi “yo” en ese momento específico en el tiempo.

Y Madrid era donde todo había empezado. No solo es la ciudad donde nací, sino que es donde empecé a replantearme qué hacer con mi vida; donde me di cuenta de que eso era algo que podía plantearme; donde conocí a mi marido, que fue quien puso el foco en esa curiosidad tan mía y que tenía un poco abandonada; donde una pequeña gata a la que llamamos Gin llegó a nuestras vidas y las cambió para siempre... Y de donde siempre había querido salir, también.

En ese momento pensé que mi reencuentro con Madrid sería ese “know the place for the first time”, pero es que realmente, volver supuso conocer la ciudad —y mi vida aquí— de nuevo. La vida en Madrid había seguido, igual que la mía en Londres y San Francisco, y yo me había perdido cinco años. Decir que estaba perdidísima no empieza ni a raspar el desconcierto que sentí a la vuelta. Todo había cambiado y a la vez no había cambiado tanto como yo esperaba. Todo era igual que siempre y eso me frustraba, y a la vez nada era ya lo mismo y vivía continuamente desorientada.

Encontrar este poema fue una de esas coincidencias que se convierten en señal —o uno de esos sucesos acausales con coincidencia de sentido si eres Carl Jung—, porque en realidad no lo estaba buscando. Llegué a él porque me impresionó mucho la canción “The End of All Our Exploring”.

Y cuando algo me gusta necesito hacerme un mapa mental en el que situar al autor, el momento de su vida en que lo creó, por qué, para quién... Y en ese momento de obsesión con la banda sonora de The Leftovers yo necesitaba saber todo sobre el porqué de esta canción de Max Richter. Con tanta señal y cambios en mi vida, con descubrir que el título de la canción venía de este poema de T.S. Eliot me di por satisfecha, porque además de curiosa soy vaga, y yo creo que me dio para bastante el tema —aquí sigo al fin y al cabo, tres años después escribiendo sobre ello—.

Es una canción bellísima, y en mis días de intensidad máxima la elijo como banda sonora de mi vida. En días ligeros me vale solo para ayudarme a dormir, porque pierde toda la intensidad y melancolía a la que la asocio. Es además, la banda sonora perfecta para la tercera temporada de The Leftovers, una de las series más brutales que he visto en los últimos años. Llevo tiempo intentando verla de nuevo pero siento que necesito estar en el momento adecuado, igual que al escuchar su banda sonora, para disfrutarla como se merece.

Por si no la has visto —te recomendaría ponerte a ello en cuanto termines de leer esta newsletter—, la premisa es bastante sencilla a la par que intrigante: ¿qué ocurriría si el dos por ciento de la población desapareciese de pronto? No es ningún tema absolutamente novedoso, pero trata de manera exquisita algo que siento que se pasa de largo en historias similares: cómo es la vida para los que se quedan atrás y las diferentes maneras de afrontarlo (o no afrontarlo). En general, cuando me he encontrado con premisas similares, las historias saltan demasiado rápido al momento de la vuelta y el reencuentro, porque es curioso ver ese choque entre aquellos que piensan que han pasado cinco minutos y los que llevan esperando cinco años, pero es mucho más interesante (y complicado a la vez) tratar qué ocurre con ese vacío desconcertante que queda.

Según va avanzando la serie se va volviendo más bizarro todo y me alegro que acabase en la tercera temporada, pero no habría tenido problema en seguir viendo más historias de ese “universo” para siempre. Si además supone ver a Justin Theroux sin camiseta a menudo, pues eso que nos llevamos todos de paso.

Este perfil de Carrie Coon (que interpreta a Nora Durst en la serie) hizo que me gustase aún más un personaje que ya me fascinaba. Lo dejo aquí por si tú también te preguntas de dónde ha salido esa mujer que consigue ganarse un lugar principal principalísimo en una serie de esta magnitud.

Comparto también el perfil de Max Richter en Spotify porque creo que merece la pena pararse a disfrutar de su música y de paso abrirse a recibir señales en bandas sonoras de series indispensables, en pestañas en la mejilla o en la forma de las nubes. Aunque para otros solo sean puras coincidencias.

Nos leemos.-María

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