Ha pasado un mes desde que murió Gin, la querida gatita con la que compartía vida desde hacía 13 años. Sigo llorando a diario y todavía no puedo sentarme en el sofá a ver una serie al acabar el día porque era algo que hacía con ella cada noche. Sigo moviéndome con cuidado al entrar en la habitación que utilizamos de oficina porque era también “su habitación” y solía estar acurrucada a la entrada, lista para enredarse en mis pies y morderme los tobillos. Sigo pensando en ella cada segundo y llorando al hablar de ella.

La casa está más limpia y tengo menos tareas, pero ahora mismo daría lo que fuese por ver la casa llena de pelusas de su pelo largo y negro. La echo tanto de menos. Intentando acompañar a mi hija en su duelo, le explicaba que siempre estará con nosotras porque siempre la recordaremos, a lo que ella respondió: “pero mamá, yo quiero poder acariciarla y apoyarme en ella”. Yo también quiero poder acariciarla, y es lo peor no poder hacerlo.

Me quedo con 13 años maravillosos de caricias, mordiscos y ronroneos. Hace unos años escribí un texto sobre Gin y lo voy a dejar por aquí (es un PDF adjunto), porque así es como suelo recordar a Gin: juguetona, vaga, molestona con amor y la mejor gatita del mundo mundial.

Te quiero, Gin.

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